Incluso las murallas de la ciudad pueden contar historias y lo hacen gracias al arte del graffiti.

Nacido en las décadas de los 60 y 70, el arte del graffiti se expandió por todo el mundo a una velocidad sorprendente. En un primer momento, son los más jóvenes quienes se ven atraídos por sus características: la irreverencia y la lucha como forma de expresar sus inquietudes.

Inicialmente se trataba de simples firmas de pandillas rivales. Pero lentamente fueron derivando hacia la lucha política. En este proceso de evolución, la calidad artística fue aumentando y la técnica fue adoptada por otros artistas que veían en el graffiti una forma de expresión disruptiva y contundente. Es en este momento cuando se consolida el arte del writing o graffiti. El graffiti, como toda expresión artística libre, va evolucionando hacia diferentes formas y estilos en función de las características de cada uno de los países. En España, como en el resto de países, se empieza a apreciar este tipo de trabajo y, en la actualidad, se promueven iniciativas que fomentan el arte urbano.

Las únicas herramientas que utiliza un grafitero son pintura en aerosol, una pared y su imaginación. Es sorprendente cómo, con sólo estos ingredientes, son capaces de construir un mundo de colores y mensajes de tanta belleza plástica.

Los artistas del aerosol suben su caché y los grafitti decoran las calles de las principales ciudades del mundo. En España, entre otros, podemos citar a Suso33, que ha pintado en sitios tan dispares como la Pasarela Cibeles o la Biblioteca Nacional, además de exponer en el Thyssen-Bornemisza o Caixa Forum.

En el panorama internacional, nombres como Keith Haring o Jean Michael Basquiat forman parte del elenco de artistas destacados del momento. Pero a día de hoy, la figura de Bansky destaca por encima de todos ellos. Considerado el maestro del arte urbano, sus obras se cotizan al nivel de los mejores pintores contemporáneos en lienzo.

Bansky ha transpasado límites que impresionarían a los precursores del movimiento. Los pandilleros reivindicativos de los años 60  dejan paso a artistas venerados por la crítica y el público. Lo que empezó como un movimiento perseguido se ha convertido en la manifestación artísitica más prolífica del siglo XXI. Y todo ello, en gran parte, por obra de Bansky.

Lo más curioso de Bansky es que aún no se conoce su identidad. Se ha especulado mucho, se han dado nombres de todo tipo. Desde Robert del Naja, vocalista del grupo británico Massive Attack, hasta Robin Gunningham, actualmente la versión más aceptada. Aunque la realidad es que no se sabe quién es Bansky. Tal vez sea ese anonimato lo que alarga la sombra de su figura. O tal vez no. Lo que sí es cierto es que el anonimato encaja a la perfección con el concepto furtivo del graffiti en sus inicios.

En Octubre de 2018 la firma Sotheby’s vendió una copia de su mural “Niña con Globo” por 1,2 millones de euros. El precio pagado por esta obra hubiera sido, en otros tiempos, motivo de polémica, pero el mercado del grafitti ya está maduro y a nadie sorprende. Lo que sí sorprendió fue lo que vino después de la subasta. Bansky había instalado una trituradora en el marco que destruyó el cuadro. La polémica se desató, hubo opiniones para todos los gustos hasta que Sotheby’s y el propio Bansky apelaron a la destrucción como parte del proceso creativo. Así, sin más ceremonias, convertían la destrucción del cuadro en la creación de una nueva obra. El cuadro roto se convertía en el nuevo objeto de deseo y sus fragmentos pasaban a formar parte de la historia contemporánea del arte.

¿Casualidad o maniobra de marketing? Probablemente nunca lo sabremos, pero el acontecimiento refleja la mentalidad pendenciera del artista. Una característica que va muy en sintonía con los orígenes del arte urbano y que consolida a Bansky como el referente del arte del graffiti.